Exorcismo
Pero no.

Mientras tanto en la alcoba, escaleras arriba, el recuerdo vestido de fantasma se recuesta tranquilo, lee ese libro que tanto nos cuesta terminar y lo entiende y hasta le sabe el final ya en la página veinte.
Ahora la exorcista y el consultante debaten sobre la posibilidad de resurrección de los fieles difuntos. Pero sería más preciso debatir sobre el punto de no retorno, que es lo que en definitiva determina si un recuerdo es o no es un muerto contante y sonante.
El consultante mira de reojo el resplandor que danza sombras desde la habitación, percibe el paso de las hojas, el roce de sábana contra sábana, porque no hace mucho terminó adoptando como creencia firme e irrefutable que los fantasmas se visten con sábanas y no con el infame ectoplasma que proponen las brujas casadas, cansadas y cazadas.
Ahora es la exorcista (que a todo esto no tiene idea de su papel de tal) quien tira la segunda piedra y toma la mano del temeroso ser que languidece mesa de por medio. Un guiño estudiado, un gesto natural, un bretel negro y tenso… que se distiende y llueve por el hombro. Unas bocas que enjuagan y endulzan vinos en salivas, unas manos ansiosas y unos cabellos revueltos, una escalera que queda regada de prendas de mayor a menor. La ventana abierta del dormitorio se cierra de repente con una correntada estruendosa. Las velas se apagan. En la habitación, los pétalos dispersos, el libro que perdió el marcador, la cama tendida pero la almohada un tanto arrugada. Las estrellas que miran para otro lado, los búhos se hacen los dormidos, el tic tac insiste cansino desde la mesa de luz.
El exorcismo dio sus frutos. Antes de sentirse zambullir en la cama, arrastrado por los urgentes brazos de la visita, el enterrador de recuerdos puede contemplar el rompecabezas tal como lo vio en todos estos años y cree sentirse más tranquilo: la cerca está completa y no falta ninguna flor de madreselva. Las luciérnagas bailan por el parque dispersas e inocentes y ya no es la suya una danza que lanza miradas. La gramilla inunda la tierra húmeda del parque.
Todo vuelve a ser como antes, allá afuera. Descansan el pico y la pala de la memoria. Mientras aquí abajo, la cosa está que arde y quien esto cuenta, se une –cómplice- con las estrellas, y mira hacia otra parte y sonríe, como quien se burlara de los que no creen en los exorcismos, aunque sean pasajeros.




















