2 de septiembre de 2005

El tasador


Alejandro
Cuando le asignaron la tasación de la casa, aceptó de mala gana porque lo habían llamado para que fuera hoy, ya , «apenas termines de vestirte», ese mismo sábado a la mañana. ¡Justo el día que él había elegido para dormir a pata suelta! Cortó la comunicación puteando no tan por lo bajo. Se levantó, desayunó rápidamente y al salir se propuso ser expeditivo para poder así aprovechar la excelente mañana. Ya que no había podido dormir -pensaba- por lo menos la providencia lo compensaba con un clima estupendo.
Mientras cubría el corto trayecto de su casa a la oficina, en su coche, repasó mentalmente lo que le habían dicho hacía unos minutos por teléfono temiendo que algún dato se le hubiera pasado por alto dado que toda la conversación había transcurrido mientras él estaba todavía despertándose. Según su supervisor, un fulano había decidido vender una casa recién terminada («¿O era sin terminar? No, me parece que dijo recién terminada»). Como se hacía en la mayoría de los casos, el cliente proponía un precio, el valor aproximado, lo que deseaba obtener por la venta de la vivienda, que debía ser cotejado con la tasación que realice la inmobiliaria para acordar así la suma definitiva. Este señor, entonces, había pasado ayer por la tarde a dejar la tarjeta lógica porque en pocas horas más debía salir de viaje y había dejado un par de números telefónicos donde se lo podría hallar para cerrar el trato. Con todo, calculó que en poco más de una hora y media tendría el asunto resuelto. Son quince minutos para llegar a la inmobiliaria, recoger la tarjeta y salir; diez o quince minutos más para llegar a la casa y una media horita para anotar todo lo necesario «después, que labure la negra...». La negra era la PalmTop Toshiba que, por supuesto, hacía todo el trabajo pesado.
Al llegar a la inmobiliaria notó con pesar la ausencia de Fernanda, la otra empleada, la que se encargaba de la parte más "social" del asunto, como por ejemplo: conseguir que un miserable que se fija hasta en el menor de los gastos se decida por alquilar o comprar las propiedades más jodidas o más caras. Ella sabía cómo hacerlo y Alejandro siempre pensaba que en su caso nunca le haría falta (a ella) echar mano a sus mañas: él compraba. Si venía de Fernanda él compraba. Pero hoy era sábado, claro, y la más mimada hoy tenía el día libre. Saludó secamente a su supervisor y antes que éste pudiera decirle nada levantó la mano con un gruñido indicando claramente que no había más que decir, que haría su trabajo bien, rápido y hasta la semana que viene. Retiró las "llaves" -como insistía en llamar, a la vieja usanza, a las tarjetas lógicas- de la cabinita de acrílico, volvió a subir a su auto y se dirigió a la dirección impresa en el soporte plástico.
Su tarea era simple: anotaba en la PalmTop todas los datos objetivos y sus propias impresiones sobre la propiedad en cuestión, como ser: materiales utilizados, estado de terminación, valuación estimada de las propiedades cercanas, vecindario, etc. El aparato incluía una cámara digital con la cual obtenía imágenes de los distintos ambientes que luego almacenaban en la carpeta de la propiedad. De esta manera, un eventual comprador podía ver primero la casa en forma de resumen; más tarde, y si le gustaba, podía verla personalmente. El programa cargado en la PalmTop armaba un resumen y calculaba el costo partiendo de la base de datos donde constaban listas de precios actualizadas on-line. Así de fácil. Desde hacía unos años, cuando había comenzado a comercializarse finalmente la esperada y milagrosa tecnología de inteligencia artificial, no solo los operadores inmobiliarios: todo el mundo en mayor o en menor medida había quedado infinitamente agradecido.

La casa (I)
En una de las lomas más altas del barrio residencial más nuevo, al noroeste de la ciudad, luego de trepar en primera y con dificultad por una calle de tierra en estado calamitoso por el intenso tránsito de camiones con materiales y máquinas viales, estaba la casa. Casi a mitad de cuadra, si es que en ese barrio las manzanas se podían medir como cuadras, dado que en algunos casos había unos quinientos metros de una bocacalle a otra obedeciendo al trazado sinuoso, con subidas y bajadas bruscas que se amoldaban al caprichoso contorno de las lomas y en donde los vecinos parecían haberse puesto de acuerdo en edificar acomodando el diseño de las viviendas acorde al paisaje y sin alterarlo en demasía con desmontes o dragados.
Descendió del auto y fue a sentarse en una pequeña pared de piedra de poco más de medio metro de alto que enmarcaba la ancha escalera, igualmente de piedra, que llevaba, terreno abajo y por el oeste, a la entrada principal de la casa. Comenzó a registrar en la PalmTop.
«Lindo lugar... se respira aire puro. Son las 9.30 de la mañana. Unos pájaros cantan escondidos en los espinillos. (¿necesitaba decir eso? si más tarde el programa desechaba todo lo inútil... en fin, no lo podía evitar). Buen ambiente externo. Hacia el oeste se ve toda la sierra. Pocas casas vecinas. Mucho verde, mucho olor a tierra negra. Viendo la casa desde afuera se distinguen por lo menos dos volúmenes en una sola edificación de dos bloques perfectamente diferenciados. Un bloque principal, de mayor tamaño que el otro, de dos plantas en forma rectangular que corre de norte a sur y con un ángulo de aproximadamente 30º con respecto al trazado de la calle; y el otro bloque sólo en planta baja que sobresale como dos extensiones de la planta baja del bloque principal sobre los lados este, noreste y norte. Excelente orientación y buena sombra: sobre la línea de la vereda hay dos viejos algarrobos que otorgan una protección incomparable. Por otro lado, recién empieza la primavera y ya hay sombra, ya hay verde nuevo en la vegetación.
«La edificación parece un pequeño castillo: está revestida en piedra, las mismas piedras que las pircas del parque y todo el conjunto de escaleras que bajan de la calle al portal. Con la ayuda de una escalera (que no traje porque andaba en auto) se podría subir al techo y verificar el tipo de cubierta externa del mismo, no visible desde abajo; pero uno adivina -teniendo en cuenta el conjunto y el estilo- que debe ser de chapa.
«Detrás de la casa, bajando por el terreno, el parque enorme, prolijo, pese a que por esta época suele descontrolarse la maleza, tiene dos terrazas artificiales contenidas por pircas de piedra laja de primera voladura, que suavizan la marcada pendiente de la loma recorriendo, ondulantes, el lote de sur a noroeste. El perímetro del terreno está alambrado y salpicado de coníferas recién plantadas en ciertos sectores.»
Se incorporó, bajó por la escalera hasta el ingreso, pasó la tarjeta por la ranura y la puerta cedió con un ligero "clic". Una vez dentro continuó grabando...
«Por la puerta principal se ingresa al living. Piso de viraró color caramelo en tablones medianos, de unos 60x15. En la pared sur, un enorme ventanal de vidrio fijo y en la pared este, una ventana de dos hojas. Tanto las puertas como los marcos y celosías de las ventanas son de algarrobo. Por dentro, las paredes son de ladrillo visto y hay un pequeño desnivel en planta baja marcado por dos escalones que dividen a la mitad el rectángulo que forma el ambiente principal. En el nivel inferior y de cara al gran ventanal que da al sur, un juego de sillones blancos, y bajo el vano de la ventana, un centro digital de audio y video». Lo miró más de cerca y pudo comprobar que era un Sony Fog Screen! No lo podía creer! Decidió ponerlo en funcionamiento. Nunca antes había visto andar un aparato semejante. Pasó el dedo frente a la celda de encendido y seleccionó la función de video. «¿Canal?» Preguntó la máquina. «Cualquiera...» dijo él. Como la máquina no registraba semejante contestación y no podía responderle apretó cualquier número. Al instante, el enorme ventanal de vidrio fijo situado tras el equipo comenzó a polarizarse hasta quedar a oscuras pero sin reflejar absolutamente nada del ambiente frente a él. Y antes de darse cuenta, la imagen cubrió toda la amplitud del vidrio. Se acercó a éste y pudo comprobar de cerca cómo funcionaba la pantalla virtual: la imagen no se formaba EN el vidrio sino con una separación de casi una pulgada de éste. En realidad, la imagen se podía formar en cualquier lugar, no necesitaba soporte alguno para proyectarse. Era como una niebla pero de una densidad tal que parecía un objeto concreto, tangible y rígido, y si uno pasaba la mano o cualquier otro objeto por la superficie de la imagen éste desaparecía momentáneamente como si atravesara una densa cascada de agua. Esta proyección se podía programar a mitad de camino entre el techo y el piso, en cualquier ángulo y de hasta unos 2m x 3m de tamaño máximo, o algo así. En este caso había sido programada para cubrir toda la ventana. «Qué maravilla! -Se dijo en silencio. Bueno, sigamos» y apagó el equipo.
«Dando la espalda al ventanal y los sillones, subiendo los dos escalones que llevan al nivel superior de la planta baja, se ubica la cocina comedor dominando aún más la vista hacia el sur a través del ventanal. Ambientada en un estilo semi-rústico, completamente equipada: cocina y horno eléctricos embutidos en madera rústica (la pava aún está tibia), iluminación halógena empotrada en paneles de madera, una pequeña bodega de roble en un rincón bajo la panera de roble también. Una larga mesada de granito color coral que recorre toda la pared norte de la cocina, con grifería a fotocomando. El lavadero, ubicado en el bloque que sobresale hacia el noreste, está equipado con lavatorio de cerámica autotérmica, lavarropas, termotanque (encendido), gabinete de secado y un placard para guardar todos los elementos de limpieza. Sobre la pared Este, siguiendo dentro del lavadero, está la puerta se servicio que conduce al parque. En la cara sur del lavadero aparece el baño, amplio y reluciente, completando el bloque que sobresale hacia el este. Las paredes y el piso están cubiertas en símil mármol travertino, la grifería es de bronce al estilo antiguo y el deck de la bañadera es de pinotea. (El espejo aún está empañado y en el aire se respira olor a jabón). La casa posee servicios completos, electricidad, agua, gas, y multi-banda satelital en fibra óptica para las comunicaciones.
«Yendo nuevamente hacia el nivel inferior de la planta baja y junto a la ventana de dos hojas, sobre la pared este del estar, una escalera trepa al entrepiso que a primera vista parece ser el dormitorio. El entrepiso es de madera Raulí sostenido por viejos rieles ferroviarios que corren en dirección Oeste-Este. Subiendo ya por la escalera se llega al dormitorio (como suponía). Tanto la baranda del entrepiso como la de la escalera y el mobiliario son de madera pulida pero rústica en sus líneas, con troncos que aún conservan nudos y salientes de brotes o ramas. Y entre el techo y la cama, ubicada al centro del ambiente, otro toque de tecnología que contrasta con el ambiente semi-rústico de la casa: una lámpara halógena G-Zero (algún día todos vamos a poder tener uno de estos bichos...)» La tomó y la giró para verla de todos los lados posibles, pero no hubo forma de hallar nada más. Algo tan simple y tan complejo: un disco que era a la vez pantalla, batería y control anti-gravedad; y en el corte circular del centro del disco, flotando, sin uniones, sin soportes, sin nada: la lámpara. La volvió a dejar donde estaba, suspendida en alguna parte entre el techo y la cama. En este nivel de la casa, aparecen tres ventanales más: dos, a los costados de la habitación, en las paredes este y oeste, de tres hojas, también de algarrobo como el resto de las aberturas. Una tercera, a la cual no se puede acceder, se ubica frente al entrepiso, sobre la pared sur por encima del ventanal de la planta baja y del mismo tamaño de éste. A su vez, sobre la pared Norte del dormitorio, la cabriada del techo tiene paneles de vidrio por lo que recibe iluminación natural todo el día. Detrás de la cama, abarcando toda la pared este, está el placard - vestidor con su puerta de acceso sobre el extremo izquierdo y la puerta de la derecha es el acceso oculto a un pequeño baño en suite. »
Sin dudas, la propiedad tenía su valor. Era más bien chica, pero tenía de todo y bien puesto. Grabó algunos detalles más, filmó los lugares más sobresalientes y salió de la casa. La cerradura lógica chasqueó levemente al activar la protección general. Afuera, el sol de Septiembre ya había comenzado a calentar, especialmente el tapizado del auto. Mientras conducía camino a la oficina activó el procesador del informe. Al llegar estará todo listo, sólo será cuestión de dejarlo minutos más tarde en el escritorio de la inmobiliaria y... hasta el lunes!

Lunes
9 de la mañana.
Primera (única) alegría del día: la sonrisa de Fernanda.
Alejandro sabía, como esas cosas que nunca va a reconocer delante de absolutamente nadie, pero que para sus adentros era totalmente cierto, que la pretenciosa perfección de sus informes tenía como fin último los ojos de Fernanda. Era su forma de alardear ante ella. Su chato razonamiento no terminaba de aceptar que el trabajo en serio lo hacía la máquina y su programa, y él continuaba creído que era crédito de buena parte del éxito de Fernanda en los negocios que concretaba gracias a sus informes. Nunca iba a lograr que ella se fijara en él como pretendía, pero no lo sabía. Por eso seguía intentando y ella lo chicaneaba de formas a veces sutiles, otras no tanto.
Primera (recién la primera) amargura del día: "Ale... el informe del sábado está mal hecho..." (ah, pero ella sabe decirlo con una sonrisa...), "...andá a verlo a Osvaldo antes que él venga a verte a vos."
Resopló con fastidio. «...mi trabajo mal hecho...» pensó irónicamente. «Este tipo leyó cualquier cosa...»
Golpeó levemente el vidrio para anunciarse e ingresó al box del supervisor.
-Osvaldo... Me buscabas?
Osvaldo era de esos tipos que parecen resistirse de manera espontánea y natural al paso del tiempo; cualquiera podía sentirse mayor a su lado. Andaba ya por los cincuenta y más de unos cuantos quisieran llegar a los treinta siquiera con esa lozanía y juventud. Hoy, como todos los días, parecía estar de buen humor, pero solo un poco. Tal vez solamente intentaba aparentar una leve molestia para recordar que le gustaban las cosas bien hechas, que en su negocio no debe haber engranajes que no estén aceitados.
-Ah, si... ¿qué pasó el sábado? -preguntó Osvaldo abrochando dos hojas en una carpeta. Su sonrisa era levemente burlona, pero sin maldad. Sin embargo, Alejandro inmediatamente identificó ese gesto como que todo iba a venir de cargada por el lado del partido del sábado a la tarde y Fernanda, o era cómplice y sabía que lo de la casa era una excusa o había sido engañada también. Se relajó.
-No me hablés... tres nos hicieron!! Cómo vamos a perder así... -tuvo que aceptar con humildad.
-No, boludo! a la mañana, la tasación,... la casa en El Mirador...
(-Ah!, entonces la cosa era cierta. Pero qué salió mal?) -Nada! Todo normal, por qué?
-Y... me trajiste un informe de una casa completa, amueblada, (habitada) y resulta que la casa en cuestión ni siquiera está terminada, la obra se paró hace como un año.
-Me estás cargando... («me parece que sin terminar») -Escuchó su propio pensamiento ese sábado a la mañana mientras se estaba despertando.
-Fuera de joda...
-...No entiendo. (¿O sí entendía? ¿Qué había sido sueño? el ¿«me parece que sin terminar»? ¿El trabajo de esa mañana? ¿Se había levantado ese Sábado? No... pero entonces... ¿Y el partido? No, sí! Eso no era sueño.
-...el tipo (el dueño) -la voz de Osvaldo lo sacó de sus cavilaciones- vino y nos pidió que le tasáramos la obra para venderla, que consideremos que está todo sin terminar, pero que los materiales eran de primera, y que los albañiles laburaron muy bien, etc. Y que si la obra seguía parada iba a empezar a arruinarse porque ni techo tenía... para mí te metiste en otra casa; no se cómo, pero te metiste en otra casa.
-Eh! tan dormido no estaba...
-Ya está, no importa. Espero que no te haya visto nadie que te pueda haber denunciado. Andá de nuevo ahora que estás despierto, primero verificá bien la dirección, traeme el informe de nuevo y listo.
Tomó la tarjeta lógica de la gaveta de acrílico, verificó la dirección, Cárcano 1287, el fulano era un tal Ariel Caravalli -tal cual el sábado, de eso estaba seguro-. Confirmó los datos con Osvaldo, quien le contestó afirmativamente, «claro que está bien», pensó un poco en voz alta y volvió a ir a la casa.

La casa (II)
Al llegar volvió a comprobar la dirección que coincidía perfectamente con la impresa en la tarjeta. Bajó con su PalmTop y comenzó a recorrer el ancho camino escalonado de piedras que llevaba a la puerta de entrada principal. Se sentó en la parecita de piedra negra. Abrió la PalmTop, se veía la hora: 9.30. Abrió el programa, comprobó que estaba todo listo para empezar y dejó lista la cámara. Una rápida mirada a la casa y reconoció las paredes externas en piedra, las aberturas de algarrobo, igual que el sábado; incluso recordó que tampoco esta vez trajo la escalera para poder ver la cubierta exterior del techo, pero si le habían dicho que techo no tenía, así que ¿para qué? Se encaminó hacia la entrada de la casa, pasó la tarjeta por la ranura y la puerta gris de aluminio se abrió con un leve chasquido.
Ingreso al living comedor: Piso de cerámica esmaltada color salmón. Puertas y ventanas de duralum, los vidrios ligeramente ahumados. Acabado de paredes internas perfecto, parecían haber sido terminadas con enduído plástico, no se percibía la menor porosidad y el blanco con que habían sido pintadas era inmaculado. El viento traía desde afuera y por la puerta de entrada entreabierta, sonidos de risas como de chicos jugando no muy lejos. A tres pasos de la puerta de entrada un simple juego de comedor, una mesa mediana y seis sillas tapizadas en cuerina color beige, un aparador antiguo y una mesita con el teléfono. Hacia el norte de la entrada se divisaba la cocina que no tenía separación con el resto del ambiente más que por un par de escalones que dividían el gran recinto en dos niveles. De un lugar un poco más allá de la cocina, en lo que debía ser el lavadero interno, provenía el ruido acompasado, regular, característico de los lavarropas automáticos... y olor a sopa (...) Miró hacia la cocina y sobre el anafe había comenzado a largar vapor una olla.
Todo eso, que registró en un par de segundos, bastó para dejarlo con la boca abierta y una expresión de estupor que estuvo a punto de filmársela a para poder creerla.
-No... pará... -se descubrió hablando solo.
Salió corriendo por la puerta por donde había entrado y la cerró sin mirar, con el mismo impulso de la corrida. Se detuvo en el camino de piedras antes de los escalones. Se dobló, apoyando las manos sobre las rodillas tratando de recuperar menos el aliento que la compostura emocional, por el esfuerzo de salir corriendo.
Aguardó unos instantes mirando el piso y giró para volver a entrar. Todavía no reaccionaba.

La casa (III)
Pasó nuevamente la tarjeta lógica por la ranura y la enclenque puerta de hierro pintada con antióxido azul, cedió al impulso electromagnético con un breve chasquido abriéndose lentamente. El piso era de cemento alisado teñido de rojo, se notaba que era reciente porque aún no brillaba como suelen hacerlo los estucados luego de un tiempo de uso. Las puertas y ventanas de hierro estaban pintadas de antióxido azul al igual que los gruesos barrotes mal terminados de las rejas. Las paredes internas tenían un bolseado fino que dejaba ver el relieve de los bloques de cemento como mampostería principal. Había olor a cemento y arena húmedos. Sacudió la cabeza cada vez más desorientado pero todo seguía igual. Miró el techo y lo vio completo. Era de material sólido y concreto. «...porque ni techo tiene» había dicho Osvaldo, de eso estaba seguro.
Volvió a salir corriendo. Cerró la puerta tras de sí y fue a sentarse en la pequeña pared de piedra de la escalinata que llevaba a la calle. Allí respiró agitado y esperó a recuperar la calma y el pulso con los ojos cerrados y tratando de controlar su respiración, de relajarse un poco. Estaba verdaderamente asustado.
De a poco, el agradable silencio y la tranquilidad del lugar comenzó a penetrar en su conciencia. Apenas si se oía algún que otro ladrido desde el valle y ruido a autos lejanos. La tibieza del sol fue pacificando su cuerpo, pero no estaba muy seguro de que su cabeza fuera por el mismo camino; todo le daba vueltas, pero ahora un poco más despacio... cada vez menos... si, ya casi todo estaba en orden.

La casa (IV)
Abrió los ojos con un ligero sobresalto.
Flor de susto se había llevado...
Miró el reloj: las 9: 30. Por un momento creyó haber vivido lo que acababa de soñar. Es extraño como a veces los sueños parecen durar tanto cuando en realidad pasa todo en apenas unos pocos segundos. «Fue el sol» se dijo. El sol había hecho que se adormeciera unos instantes sobre la pirca mientras acomodaba las cosas y miraba el paisaje.
Se levantó nuevamente (se levantó nuevamente) y volvió a encaminarse (volvió a encaminarse) hacia la puerta. Pasó la tarjeta lógica por la ranura. La pesada y enorme puerta de madera se abrió con un rezongar de los goznes y volvió a entrar (volvió a entrar).
El piso estaba hecho con "rodajas" de troncos de un extraño color ocre, con los intersticios rellenos de una pasta al tono y toda la superficie estaba plastificada, lo que le otorgaba un brillo gélido e impersonal. Daba la sensación de estar caminando sobre un inmenso "bosque" talado de una sola vez por una gigantesca motosierra. Los marcos de las puertas y los vanos de las ventanas estaban hechas de troncos, de oscuros y pesados troncos; las paredes eran de piedra y todo en total tenía un peso sobrenatural, aplastante. El frío reinante era monstruoso, increíble y ni su propia respiración, vaporosa y húmeda, se sentía en medio de semejante silencio. No había muebles, no había dos niveles en la planta baja. La casa estaba completamente vacía, helada y muerta. Antes de poder completar la primera visión general del lugar, un aleteo violento y sonoro lo sobresaltó a punto tal que su corazón comenzó a galopar. Instintivamente se cubrió la cabeza con el brazo izquierdo y se agachó. Luego, despacio, cuando comprobó que nada se le caía encima, miró al techo y se le terminó de helar la sangre: en lo alto, tan alto como para montar un campanario de iglesia de montaña, sobre las vigas de un techo distante como 15 metros, imposible de aceptar si acababa uno de ver la casa por fuera, unas tres o cuatro palomas cruzaban en un corto y sonoro vuelo, de la viga central a la cabriada norte. No había entrepiso, no había escalera... no había nada! Sólo el frío, unas paredes endemoniadamente altas, el eco de los aleteos y de nuevo el silencio amenazador. No aguantó más. Sintió que las rodillas se le aflojaban, que las manos perdían fuerza y, como pudo, con las pocas fuerzas que logró juntar, con la mínima energía que le restaba luego del espanto, corrió hacia la salida. La puerta se cerró violentamente detrás de sí. Afuera, las aves trinaban alegremente y el sol había comenzado a calentar las piedras del camino.
Ya había empezado a resecársele la boca de los nervios. Tenía mucho miedo. Volvió a sentarse sobre la pirca y a tratar de recuperar el aliento. Notó que la PalmTop ya no lo tenía consigo. «Se me cayó en la corrida». No podía creer lo que le estaba pasando. Frotó sus ojos con los dedos mayores y los arrastró lentamente por la nariz hasta llegar a la boca tirando ya con el resto de la mano toda la piel de la cara descubriendo un rictus de espanto. Así permaneció unos segundos tratando de ordenar sus pensamientos. En eso estaba cuando se le ocurrió la más brillante de las ideas: la ventana. «Claro... la ventana! Qué pasa si miro al interior por la ventana?». Se levantó y, como una flecha, se precipitó hacia la ventana que tenía más cerca, la que daba hacia el oeste. En el apuro y la desesperación golpeó su frente con el grueso vidrio al tiempo que apoyaba los cantos de las manos para contrarrestar el reflejo externo y así poder ver el interior de la maldita casa que lo estaba volviendo loco. Puteó al vidrio por el golpe, a la casa por caprichosa y a la hora que un idiota se le había ocurrido poner en venta una casa embrujada. De paso puteó a su supervisor... por las dudas.

La casa (V)
A través del vidrio, las palabras de Osvaldo tomaron forma de realidad. La casa estaba sin terminar, el solado era un áspero, sucio y desprolijo contrapiso de cemento y arena gruesa, las paredes eran de ladrillo visto, no había techo y mucho menos entrepiso. Lo que sería la planta baja estaba dividida en dos mitades por dos largos escalones que cortaban la casa de este a oeste. En la parte norte supuso que sería emplazada la cocina ya que sólo estaba colocada una enorme mesada color salmón sobre unos pilotes de ladrillo aún sin revocar. En el ambiente se veía flotar un polvillo tenue que montaba sobre los rayos de sol que penetraban por las rendijas de la celosía de las ventanas de madera que daban al este. Como si "alguien" hubiese estado barriendo o pegando pisotones en el suelo reseco y polvoriento (como si alguien acabara de salir corriendo). Más allá, amontonados en un rincón, junto a los escalones que dividían el ambiente, había restos de caños plásticos, planchas de telgopor y una bolsa de cemento seguramente endurecida. En el nivel inferior, a unos pocos pasos de la puerta de entrada principal estaban tirados la PalmTop y la tarjeta lógica!
La puerta estaba cerrada y no tenía como abrirla, pero la desesperación y la bronca de comenzar a saberse desquiciado fueron más fuertes. Tomó carrera unos metros y arremetió contra el centro de la puerta con su hombro izquierdo al tiempo que cerraba los ojos, concentrando todas sus fuerzas en un golpe violento y descontrolado.

La casa (¿La casa?)
La "puerta" cedió y hubiera cedido aún si el golpe hubiera sido más débil (hubiera bastado un soplido, un gesto... hubiera bastado simplemente caminar porque no había puerta). Cayó sobre el pasto y se lastimó el brazo izquierdo, la mano derecha y una rodilla pero no se dio cuenta si no hasta pasados unos cuantos segundos. Tirado en el piso, boca arriba, apoyado en el brazo que no le dolía, con el primer vistazo, fugaz pero suficiente, sintió una náusea que casi le llevó a vomitar lo poco que tenía en el estómago hecho un nudo, como sus nervios. Se contuvo con un esfuerzo tremendo. El sol le pegaba de lleno. En las zonas del cuerpo donde había raspado contra el suelo, su ropa y su piel estaban verdes manchadas de clorofila y, por supuesto, olían a pasto. Alguna que otra piedra participó del concierto de raspones dejando sus huellas de jirones de piel sangrante. Una bandadita de cotorras pasó llenando el aire con su característico alboroto. Se incorporó lentamente, dolorido «vaya forma de darme cuenta que acabo de enloquecer». No podía ordenar sus pensamientos... sencillamente no podía creer que esto le estuviera pasando. Miró alrededor y sólo vio verde de maleza salpicada aquí y allá por piedras rojizas comunes y abundantes en la zona. Los espinillos, los cardos, el viento suave y cálido... el silencio del valle. Continuó girando lentamente, ya totalmente fuera de sí. Las únicas edificaciones que veía eran de las pocas casas vecinas que había momentos antes. Allí donde debía estar la puerta que acababa de derribar (que acababa de atravesar como un espíritu) se erguía orgulloso un tala joven y con brotes nuevos, de apenas un par de metros de alto. A sus pies, estaba la PalmTop cerrada, y de la tarjeta lógica ni rastros. En vano buscó con la mirada la casa, la escalinata de piedra, las terrazas del parque... nada. Sólo la maleza y los árboles allí donde debía haber ladrillos, cemento, hierro... no sé... ALGO!! Hace unos segundos yo estaba no sólo frente, sino DENTRO de una casa!!. Pateó con furia la PalmTop que fue a parar a unos metros de allí, loma abajo. Sacó un cigarrillo del atado que tenía en el bolsillo interno del saco. Estaba partido y ambas mitades apenas se unían por una débil bisagra de papel, pero no pareció registrar el inconveniente. Lo llevó a sus labios, tratando de controlar el temblor de sus manos. Buscó en los bolsillos el encendedor y al no encontrarlo escupió con rabia el deshilachado cigarrillo y puteó entre dientes. Miró alrededor nuevamente como para convencerse de semejante locura, tratando de encontrar algún testigo, alguien que pudiera comprobar que no estaba viviendo lo que estaba viviendo, alguien que lo despertara, porque no quedaba otra que pensar que se había quedado dormido en la escalinata mientras leía lo que había escrito el sábado en la PalmTop y ahora mismo le estaba pasando como en esos sueños en que uno la está sufriendo o muerto de miedo, sabe que es un sueño pero no se puede despertar; se sabe qué tan vívidos pueden ser esos sueños y eso explicaba el dolor de las magulladuras, el dolor en el pie tras patear la agenda electrónica, el olor de la vegetación, el calor... el reflejo del sol sobre el vidrio del auto estacionado a un costado de la calle... Corrió cuesta arriba por el lote hasta llegar al auto (pero pudo correr bien, no le pesaban las piernas ni se estiraban las distancias como en las pesadillas), metió medio cuerpo por la ventanilla que había dejado abierta y comenzó a tocar bocina como un nene cuando lo dejan solo dentro el auto mientras la mamá baja a hacer las compras. Tocaba y miraba alrededor, con el deseo de que algo lo despertara. Pero fue inútil... luego de unos minutos nadie se acercó y el eco de los bocinazos terminó por desvanecerse en el silencio del valle.
Se sacó el saco y la corbata, que ya estaba sudando y los tiró por ahí. Miró el reloj: las 9.30 de una hermosa mañana... linda mañana para caminar despacio, con la mano en los bolsillos, pateando piedras por la calle desierta.

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