12 de junio de 2006

El hombre y los miedos

El hombre paralizado por los miedos mira la ciudad através del ventanal. Desearía poder meter las manos en los bolsillos del pantalón, pero está desnudo.Le duelen los hombros, los pectorales, los brazos, las piernas. Éstos son los rastros invisibles. Hay otros. Los que se ven. Un arañón le recorre media nuca, un tajo de dos milímetros en el labio inferior y un moretón en la cintura.
El hombre paralizado por los miedos libró hace unas horas una lucha agridulce. Siente subir, en oleadas, el dulce aroma que dejó el suave paso de la piel amada, deseada, anhelada; el embriagante perfume del sudor y la saliva, la tersura secreta al fin revelada, la savia del sexo... En el fondo del paladar puede sentir aún el tibio vino que se le escurre de la boca y se confunde con la exquisita suavidad de otros labios, de otra lengua, de otra sed.
El hombre paralizado por los miedos se siente flotar a un palmo del concreto tablado del piso. La ciudad lo ignora y desconoce. Mejor así- se dice.
El hombre paralizado por los miedos no consigue balancear los resultados. Mentalmente borronea y vuelve a contar... y no logra aquietar la balanza siquiera en el justo centro.
En la cumbre de la noche, bajo la infalible mirada de la gélida luna, ella lo conminó a dar un solo paso: el siguiente, el por lógica, el obvio, el redundantemente obvio paso.
El hombre paralizado por los miedos cayó así en la cuenta de lo lejos que lo habían llevado y lo solo que lo habían dejado, los miedos.
El hombre paralizado por los miedos deseó guardar sus manos en los bolsillos y salir despacio y en silencio; atravesar la ciudad, los límites y el campo, los océanos y los cielos, la tierra y el infierno. Pero estaba desnudo. Y ella aprovechó para besarlo. Y él aprovechó para confundir la sal de sus propios ojos en el azucar de esa otra boca, en lo negro de esos cabellos que tanto le recordaban a la incierta puerta abierta a lo desconocido: el desafío final, el movimiento decisivo.
El hombre paralizado por los miedos dijo No puedo. Y se dejó llorar. Y se dejó abatir. Y se dejó marchitar de cara al nuevo sol que amanecía irreverente tras el río.

2 comentarios:

Mery dijo...

me gustó mucho.
nada más que decir.

Gabriel dijo...

Mery: me cree si le digo que su silencio me sabe a halago?(inmerecido, como siempre).
Venga un abrazo que ud. me entiende! :D
Gracias por pasar, se la extraña srta. filósofa :P